La actitud, como ejercicio básico.

¿Nos damos cuenta del maravilloso poder que nuestra actitud puede otorgar a nuestras acciones,
transformándolas de actos limitados a nosotros mismos en actos que pueden beneficiar a la
Humanidad? Tenemos un elemento clave que cambia conductas, opiniones, relaciones, según la
orientación que le damos: la actitud. Es decir, tenemos una capacidad que influye decisivamente
en nuestro desarrollo y en el entorno en el que vivimos.


No es necesario disponer de un tiempo determinado para cambiar de actitud. Cualquier
experiencia es útil para meditar y tomar conciencia de la actitud con la que se vive. Cualquier
momento es válido para tomar la decisión de cambiar de actitud.


Solemos pensar que no tenemos tiempo para disfrutar de nuestros hijos, de nuestro hogar, del
amanecer, de una conversación, del canto de los pájaros, de la amistad, del movimiento de un
insecto, del color de una flor, de preparar la comida, etc. Esto se debe a que no estamos
acostumbrados a vivir despiertos, conscientes de lo que nos sucede en cada momento. Pensamos
que tener tiempo significa tener unas horas para hacer algo concreto. Sin embargo, a lo que nos
referimos es simplemente a darnos tiempo para descubrir qué está pasando en cada momento. Y
podemos hacerlo adoptando una actitud coherente con nuestra vocación de desenvolvimiento.
Para implementar un cambio de actitud, tenemos que darnos tiempo para reconocer las actitudes
que tenemos en cada momento o ante determinados acontecimientos, y discernir si queremos
persistir en esa forma, y cuáles serán las consecuencias de nuestra elección. .

Si intentamos
corregir el efecto de un determinado acto que nos trajo insatisfacción, no tiene sentido hacerlo de
forma aislada, sino percibirlo como el resultado de una actitud. Al cambiar la actitud, el efecto
cambia.
¿Cuál sería entonces el procedimiento para un cambio de actitud?
1) Tomar conciencia de su actitud, evaluando su propio comportamiento a la luz del efecto que
provoca;
2) Corregir la manifestación externa de una actitud indeseable;
3) Reemplazar la actitud no deseada por una mejor.

Por ejemplo: digamos que prevalece en nuestro interior la actitud de impacientarnos y alzar la voz
ante cualquier contratiempo cotidiano:

Autoevaluar nuestra conducta
Para cambiar nuestra actitud tenemos que acostumbrarnos a evaluar el comportamiento que
mantenemos. ¿Como hablamos? ¿Qué postura adoptamos? ¿Qué expresión tiene nuestro rostro?
¿Qué estamos sintiendo? ¿Qué pensamos?

Reflexionar sobre el efecto que tenemos
a) Sobre nosotros mismos
Impactos en nuestro cuerpo, sube la presión arterial, sentimos un nudo en el estómago, todos
nuestros músculos se tensan, nuestra mente no puede razonar y, como consecuencia, nos
volvemos completamente insensibles a la existencia de otros seres u objetos que están a nuestro
alrededor.
b) Sobre los demás
Se sienten atacados, impulsados a defenderse y atacar al mismo tiempo; Se sienten anulados, no
pueden razonar y sufren los mismos efectos corporales que nosotros.
c) Sobre el medio ambiente
Se crea un ambiente desagradable, incómodo, en el que no es posible trabajar, crear o visualizar
alternativas viables para llegar a una solución al conflicto.
Corregir la manifestación externa
Para el ejemplo, tratar de detener la manifestación exterior de la impaciencia.
Esto se logrará mediante el ejercicio de la voluntad. Generalmente este dominio se logra por
etapas y lo que nos puede ayudar mucho es hacernos conscientes del dolor que causamos a los
demás o al entorno en el que nos encontramos.

Cambiar la actitud habitual por una más adecuada.
Este paso también se realiza mediante el ejercicio de la voluntad y de forma paulatina, según va
respondiendo a nuestro estado de conciencia.


(fuente: Revista Cafh Brasil, extracto)

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