La Liberación y El Cambio

Sexta Enseñanza del Libro “El Buen Camino” 2010 Cafh                         

Cuando soñamos con liberarnos de nuestras limitaciones y ataduras, generalmente tratamos de romper con los ritos, con las tradiciones, con las costumbres, con la sociedad. Sin embargo, a veces no nos damos cuenta de que la oposición sin un contenido creativo que reemplace los esquemas que rechazamos nos deja vacíos de valores, de principios, de dirección.

 

Por otra parte, tampoco nos es muy evidente que el anhelo de cambio tiene componentes diversos. Algunas de nuestras necesidades de cambio responden a situaciones exteriores negativas; otras responden a actitudes nuestras que nos crean situaciones insostenibles. Es frecuente que, en nuestra mente, los conceptos de liberación y cambio tengan límites muy imprecisos y se confundan con facilidad.

 

Rara vez pensamos concretamente en la liberación como concepto. Más bien, ante circunstancias que nos parecen injustas, conflictivas, estresantes o de algún modo desagradables, queremos escapar, queremos que nuestra realidad sea diferente.

 

Es evidente, y la mayoría de nosotros lo acepta, que para actualizar nuestra facultad de vivir en libertad necesitamos avenirnos a participar de un sistema justo para todos. De lo contrario, tarde o temprano, se vería amenazada nuestra propia libertad. Por ejemplo, el último zar de Rusia, Nicolás II, abusó del poder que le confería el sistema de gobierno del momento y, si bien fue obligado después de la Revolución de 1905 a aceptar la existencia de una asamblea representativa destinada a limitar la autocracia monárquica, siguió actuando como si fuera responsable solamente ante Dios de sus actos de gobierno. El sistema mismo era injusto y abusivo, pero fue el extremo al que lo llevó la arbitrariedad de este zar uno de los factores más decisivos para que, en marzo de 1917, fuera obligado a abdicar. Tanto él como su familia fueron ejecutados en la noche del 16 al 17 de julio de 1918. En un nivel más cercano a nosotros, muchas veces queremos implementar cambios a través de la violencia de la palabra hiriente, de los gestos agresivos, del abandono emocional, o de muchos otros modos que, por supuesto, producen cambios; pero esos cambios tienen una efectividad muy discutible y acarrean un gran costo para nosotros, para nuestra familia y para todos los que nos rodean.

 

¿Son los cambios violentos, ya sean de palabra, de actitudes o de acciones, necesarios para liberarnos? ¿Es justificable aplicar la violencia en algunos casos, en todos o en ningún caso?

 

Para ayudarnos a elucidar estas preguntas analicemos los conceptos básicos involucrados en ellas. ¿Qué entendemos por cambiar? ¿Qué entendemos por libertad? ¿Qué entendemos por liberación?

 

Cambiar es tomar o hacer tomar a otros algo que sustituya lo que tienen. En esta definición no hay connotación ni positiva ni negativa. Cambiar no es garantía de mejorar. Es simplemente una sustitución. Respecto del cambio dentro de nuestra vida, la connotación positiva o negativa no la da el cambio por sí mismo sino cómo cambiamos y cuál es el contenido de la sustitución.

 

La libertad se refiere a la facultad natural que tenemos de obrar de una manera o de otra, y de no obrar. Esta facultad viene aparejada con la responsabilidad respecto de nuestros actos. Esto es lógico. Si no tenemos responsabilidad por nuestros propios actos tampoco tenemos respeto por los demás. En consecuencia, nos avasallamos los unos a los otros, ya que no somos una abstracción ni existimos en el vacío. Vivimos en relación; lo que hacemos afecta a quienes nos rodean.

 

La liberación se refiere a la acción de ponernos en libertad. Es decir, la facultad natural de libertad se actualiza a través de una acción específica: liberarnos.

 

¿Qué implica la acción de liberarnos?

La acción de liberarnos consiste en equilibrar el usufructo de nuestra facultad de libertad con el ejercicio de la responsabilidad implícita de hacer y decir respetando la libertad de los demás. La acción de liberarnos implica, en consecuencia, llevar una vida gobernada por principios espirituales y éticos y, por sobre todo, una vida comprometida con el bien común. ¿Qué lugar ocupan aquí las prerrogativas, los privilegios, la licencia para actuar como a uno se le antoje? Ninguno, ya que éstos, en vez de promover el bien común, son los gestores de las tragedias humanas. El ejercicio irresponsable de la facultad de ser libres nos lleva a la injusticia y a la violencia. En nuestro caso en particular, como Hijos e Hijas de Cafh, ¿cómo hacer para liberarnos, cómo balancear el ejercicio de nuestra libertad con nuestra responsabilidad respecto de ese ejercicio? La respuesta es muy corta, pero su implementación nos lleva toda la vida: trabajar sobre nuestro desenvolvimiento espiritual. Desde este punto de vista, ¿por qué es necesario el desenvolvimiento espiritual?

 

Necesitamos desenvolvernos espiritualmente para superar nuestra tendencia a actuar por reacción y saltar de un extremo a su opuesto sin aplicar con serenidad nuestro discernimiento. A veces reemplazamos el saber que nos transmite nuestra cultura por improvisaciones sobre la marcha; experimentamos con nuestra vida sin tomar los recaudos necesarios para preservar nuestra salud y nuestra integridad; cambiamos los conocimientos limitados de la sociedad en que vivimos por la ignorancia de nuestra falta de experiencia y de visión de conjunto. Otras veces, sobre todo cuando somos jóvenes, cambiamos tradiciones represivas por costumbres permisivas que consumen nuestra energía física y mental y nos llevan a la esclavitud de los instintos, cuando no de la adicción. Suplantamos las antiguas costumbres que queremos trascender por otras que, no por ser nuevas, son mejores. En nuestro anhelo de cambio, de independencia y libertad, queremos empezar una vida nueva: cambiar. Pero, si no estamos precavidos, muchas veces sólo cambiamos los antiguos ritos por otros. Un señor, que se jactaba de ser librepensador, dejó de llevar la cruz que le había regalado su madre diciendo que era un signo de superstición. Poco después ostentaba un amuleto de oro contra la mala suerte. ¿Qué beneficio han traído a la humanidad la violencia, las costumbres demasiado permisivas y el hedonismo? ¿Han eliminado el dolor, la miseria, la guerra? ¿Qué costos hemos pagado por los adelantos que hemos conseguido? ¿Seremos capaces de generar cambio sin desatar tragedias?

 

Con actitudes irreflexivas, con acciones temerarias de cambio por el cambio mismo, salimos de una jaula para encerrarnos en otra. Saltamos de un extremo al otro de los pares de opuestos: de la sumisión a los valores y pautas tradicionales a la rebeldía y el desorden del cambio sin reflexión. Es necesario, para nuestro adelanto y el de la sociedad, que revisemos las tradiciones, que alentemos las nuevas tendencias y que florezcan las iniciativas de cambio. Pero también es necesario que aprendamos a construir sobre lo ya conquistado en vez de destruirlo y negarlo. No es con poses, con palabras o con actitudes violentas o extremas como logramos transitar el camino de la liberación. Para ello necesitamos visión, creatividad, conocimiento y autocontrol. Es decir, necesitamos cultivar nuestras facultades, conocer las bases que ya existen, partir de lo ya conquistado y utilizar lo que la humanidad ya realizó como un trampolín que nos lance hacia nuevos horizontes.

 

Para actualizar nuestra posibilidad de liberarnos, de ser agentes de cambio positivo para nosotros y para la humanidad, necesitamos de un esfuerzo metódico para expandir nuestro amor y nuestro conocimiento. Prácticamente, necesitamos aprender a dominar el cuerpo, a pensar con lógica y método, a imaginar creativamente, a ennoblecer los sentimientos.

 

Lo que nos ata son nuestras limitaciones; el modo exterior de vida simplemente refleja lo que somos, en qué estado espiritual estamos individualmente, como grupo y como humanidad. En forma consciente o inconsciente, construimos nuestra forma de vivir, la cual refleja en qué grado nos dominan los instintos y en qué medida trabajamos para lograr nuestra liberación interior.

 

La verdadera libertad nos destraba interiormente haciéndonos más creativos, nos abre nuevos horizontes, nos hace más responsables y más participantes. Esta libertad exige en lo externo una vida disciplinada, ordenada y esforzada.

 

Mohandas Gandhi, Nelson Mandela, Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta, Simone Weil, Rigoberta Menchú, Albert Schweitzer, Marie Curie, Victor Frankl e innumerables innovadores y agentes de cambio de nuestro tiempo, nos demuestran con sus vidas que la libertad exterior e interior, la transformación de la sociedad y nuestra propia transformación, se construyen partiendo de lo ya conquistado, edificando sobre lo que la sociedad nos ha legado y haciendo frente a la adversidad con valor y osadía. Esa es nuestra plataforma de lanzamiento.

 

Cuando por el autocontrol, el conocimiento sistematizado y la osadía del amor procuramos lo mejor para todos, desarrollamos visión, fuerza y valor para ser agentes de cambio; no necesitamos ni destruir ni forzar; no necesitamos ni conquistar ni subyugar. Sólo necesitamos ser lo que somos: seres humanos con una infinidad de posibilidades. Saber esto y actuar en consecuencia es una verdadera liberación.

 

EL BUEN CAMINO – 12/2010

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