Ejercicios de Detención: Cuidado de la Palabra

Capítulo II “Prácticas” Libro: “Prácticas de Desenvolvimiento”, Edición 2019, Cafh

Como hemos estado revisando, los ejercicios de detención son una de las maneras de hacer introspección. Ellos nos ayudan a observar en forma objetiva nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestra conducta y a evaluar lo que observamos en nosotros y lo que producimos en nuestro entorno. Se podría decir que los ejercicios de detención son meditaciones condensadas en pocos instantes.

Hoy revisaremos en qué consiste ejercitar el CUIDADO DE LA PALABRA:

No siempre reparamos en el poder que tienen las palabras, las usamos con cierta indiferencia sin darnos cuenta de lo que producimos con ellas.

Con palabras podemos alegrar o entristecer, estimar o agraviar, respetar o despreciar, consolar o angustiar. Sin embargo, acostumbramos a usar palabras sin reparar en los efectos que creamos al hablar, especialmente cuando nos desahogamos o expresamos nuestros juicios y disgustos. Conviene, entonces, detenernos un instante antes de hablar para considerar lo que vamos a decir y el efecto que pueden producir nuestras palabras.

Para acostumbrarnos a hacer momentos de detención para pensar en lo que vamos a decir y cómo hacerlo, es bueno agregar a nuestras meditaciones algunas sobre nuestra manera de hablar. Esto nos ayudaría a tomar conciencia de cómo, con palabras y silencios, creamos el ambiente en el que vivimos y compartimos.

Además de esos momentos de detención, conviene aprender a usar pocas palabras para expresarnos, no necesitamos hacer historias para decir con sencillez lo que deseamos hacer saber. Para no abusar del uso de la palabra es bueno tener presente que, cuando conversamos, el tiempo en el que hablamos es tiempo en el que otros no pueden expresarse.

También tenemos que precavernos del contenido de lo que vamos a decir. A veces usamos la conversación para descargar sobre otros nuestros pesares y problemas, sin recordar que no tenemos derecho a cargarlos con lo que nos pesa. Si quisiéramos compartir con alguien nuestras penas conviene que, antes de hablar, le preguntemos si desea escucharnos. Si así fuera, cuando le hemos dicho lo que nos apena agreguemos algo positivo, para no dejarle una tristeza que no merece.

Es común que no solo nos sintamos movidos a compartir nuestras penas sino también nuestras alegrías. Esto es bueno hacerlo con quienes se van a alegrar por nuestras buenas noticias, pero sería egoísta y hasta cruel hacer algarabía festiva ante quienes están muy apenados; más que escuchar nuestras alegrías necesitan que escuchemos sus sinsabores.

Un momento de detención para discernir lo que vamos a decir nos ayuda a descubrir el mundo que creamos con nuestras palabras y a usarlas bien. Esto nos hace cada vez más cautos y cuidadosos en nuestra manera de hablar.

No necesitamos dedicar un tiempo especial para practicar este ejercicio, basta que nos mantengamos atentos cuando tenemos el impulso a decir algo.

Es bueno acompañar este ejercicio con la práctica del diálogo.

El diálogo ayuda no crear malos momentos o conflictos por lo que expresamos al hablar, como ocurriría si nos quejáramos, discutiéramos o criticáramos.

La queja se justifica cuando, por ejemplo, no recibimos un servicio que hemos pagado o cuando algo nos apena, como cuando sufre una persona querida. Pero el hábito de quejarse no necesita muchos motivos para quejas, cualquier cosa puede dar lugar a quejarse. Llevar este tema al diálogo ayuda a comprender que este hábito entristece y hasta amarga a quien lo tiene y también a quienes lo escuchan.

El diálogo también ayuda a quien tiene el hábito de discutir, porque hace evidente que es improbable que la discusión haga cambiar de opinión a quien discute, sino que, al contrario, endurece las posiciones de cada uno y hace difícil la convivencia.

Criticar es analizar un asunto o un tema con objetividad para llegar a una conclusión confiable. Esta crítica es buena y muchas veces indispensable para discernir cómo proceder. Pero este análisis requiere preparación y planeamiento para determinar el tema a considerar y el momento para hacerlo. En cambio, el hábito de criticar lleva a hacer comentarios descalificativos y hasta ofensivos hacia quien se critica. Dialogar sobre esto no solo saca a luz lo difícil que es mantener una buena relación con quien tiene ese hábito sino que hasta puede consolidar esa relación, ya que pone en evidencia cómo la afecta la crítica malsana.

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