Cuento: El camino hacia sí mismo

En una de sus acostumbradas caminatas por el parque, donde las hojas ya indicaban que el otoño se acercaba, el tibio sol acariciándole la piel, el murmullo del río, la cálida brisa susurrando a su oído… todo invitaba a irse hacia lo más profundo de su interior, hacia la reflexión. El canto de los pájaros, el movimiento de las hojas y el sonido del agua le llenaban el alma, de tal manera que desde lo más profundo le surgía una oración de agradecimiento por tener la posibilidad de sentir toda esa armonía dentro de sí, la necesidad de conectarse con “lo Superior”, lo “divino”.

El encuentro íntimo del alma humana, lo femenino, con el espíritu divino, lo masculino; y el espíritu humano, lo masculino, en busca del alma universal, lo femenino, para ser fertilizada por la semilla del amor. Y esa semilla es la oración, que fortalece el contacto con lo divino, con el Universo en sí mismo buscando renovar a cada instante el lazo de unión para que el encuentro sea permanente y se fusione totalmente. Ser una gota de agua en el océano, una llama en el gran fuego, un grano de arena en el desierto.

La oración, energía fortalecedora que eleva la conciencia de lo cotidiano hacia un mundo de comprensión donde la magia existe. Lo fantástico, como lo es todo en la Naturaleza, la vida en su totalidad. Magia en el dolor, tristeza, alegría, éxito, fracaso: la experiencia de vivir cada minuto, es de donde surge la plegaria en su cotidiano vivir.

Palabras que ofrenda humildemente, alabando, implorando, agradeciendo, suplicando, para hacer que renazca la espontaneidad y la devoción a la vida, un modo de transitar su camino de desenvolvimiento. Sumergido en lo íntimo de su ser buceaba cada vez más profundo buscando llegar a esa conexión mientras se preguntaba:

“¿Por qué no tengo con mayor frecuencia esta necesidad de orar?,

¿o es que la tengo y no le hago caso?,

¿cuál es la razón para no darme mi tiempo y espacio?,

¿cómo es que me olvido de orar?

¿Qué me impide enfrentarme a mis miedos?,

¿acaso lo cotidiano me envuelve de tal modo que no me deja pensar ni hacer nada más?…

Sabiendo que es la necesidad de mi alma, su alimento,

¿cómo la dejo ahí, con hambre y sed de lo Divino?,

¿cómo es que los seres humanos nos olvidamos de lo que nos hace bien, que nos fortalece y llena de energía?”.

Tantas veces, con sentimientos de soledad, de abandono o abatimiento, con necesidad de expresar amor, dejo a mi corazón en silencio, sin permitir que se exprese, que grite a los cuatro vientos su necesidad de llenarse de oración. Y tantas otras lo dejo buscando una manera de estar en contacto con lo divino para abandonar las críticas, los juicios; y lograr hacer de sus obligaciones y esparcimientos un medio de autoconocimiento y expresión de sus íntimos anhelos.

La oración es su fuerza, su fuente de inspiración y también el ancla que lo mantiene sereno en el mar de la actividad y del desasosiego, por lo que la busca permanentemente para entrar en esa dimensión donde lo que parece infinito e imposible quepa en su corazón. Una vez llena su alma de renovada energía “volvió” al parque, a la realidad de donde nunca se fue, aunque le pareciera que había sido una larga ausencia.

Todo estaba ahí: el parque, el camino, el río, la brisa… todo. Aunque ahora tenía otros matices, otra intensidad. El tiempo era instante eterno, y la plenitud se apoderaba de todo su ser. El poder de la oración transforma la realidad, el tiempo y el espacio concibiendo un mundo mejor, ampliando la conciencia, elevándola a la comprensión de esa nueva realidad. Y envuelto en ese mundo de reflexión regresó lentamente a su casa, en plenitud por haber descubierto el poder de la oración, un puente hacia el Universo, hacia lo Infinito: a lo Divino.

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