La dimensión espiritual del ser humano

Los seres humanos no somos autómatas dirigidos únicamente por las acciones y reacciones químicas de nuestro organismo. Además de las formas visibles, de las células y tejidos, poseemos magnetismo, emociones, ideas y, por sobre todo, la condición de seres espirituales.

Estamos constituidos por el cuerpo físico, el cuerpo anímico y el espíritu. Nuestro cuerpo anímico –emocional y comprensivo– es solo un vehículo del espíritu. Necesitamos constatar esta realidad para alcanzar una felicidad genuina y duradera.

La fuerza que sostiene la vida es un campo inmenso aún ignorado. La ciencia, trabajosamente, intenta penetrar en ese campo con algunos resultados. Diversas escuelas de psicología y medicina psicosomática –entre muchas otras disciplinas– resumen los esfuerzos de los científicos en sus tentativas para conocer al ser humano integral.

La necesidad de darle una dimensión espiritual a nuestra vida es tanto más urgente cuanto más comprobamos que, a pesar de los avances en el campo de la biología, en el desarrollo de técnicas quirúrgicas, en la medicina preventiva y en el diagnóstico de las enfermedades, en el conocimiento de los procesos mentales y en los tratamientos psicológicos, los seres humanos seguimos padeciendo.

Somos, por nuestra naturaleza esencial, un ente espiritual destinado a la inmortalidad. Pero como nuestro ente espiritual actúa tanto en el plano anímico como en el físico, disponemos de un libre albedrío que nos determina. Podemos hacer el bien o el mal; podemos esforzarnos o estancarnos. En otras palabras, disponemos de nosotros mismos. El libre albedrío es una facultad intrínseca a nuestra condición de seres espirituales. Es lo que caracteriza al alma y se revela a través de nuestra conducta y de las obras que realizamos.

Así como la gota de rocío refleja el sol, en cada uno de nosotros está depositada una centella de lo divino: el espíritu. Fuimos determinados para ser una imagen de lo divino; pero nuestros sentidos, que por un lado nos permiten desenvolvernos, por el otro nos dan mensajes contradictorios que desarmonizan y alteran nuestra alma.

Los medios con que contamos para desenvolvernos son el esfuerzo de la voluntad y el don de la Gracia Divina.

Por el recto esfuerzo de la voluntad, clarificamos y purificamos a nuestros pensamientos y sentimientos y nos hacemos acreedores al don de la Gracia Divina.

Por el don de la Gracia Divina llegamos a reconocer el Espíritu, el bien de las experiencias pasadas y recibimos orientación de las almas que ya han recorrido el Buen Camino del desenvolvimiento espiritual.

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