Empatía – Prácticas de desenvolvimiento

Como segunda entrega de nuestro especial sobre prácticas de desenvolvimiento, presentamos la “empatía”. Si te perdiste el primer capítulo lo puedes revisar aquí: Gratitud, fundamental en nuestro proceso de desenvolvimiento.
 
No es frecuente que estemos atentos a la calidad de las relaciones que tenemos a diario entre nosotros. No nos damos cuenta de cómo nos afectamos unos a otros; nos mantenemos ausentes, sin reparar ni en el sufrimiento que ocasionamos, ni el que nosotros mismos nos causamos con nuestras actitudes. Nos apoyamos en nombre, historia, conducta, posición y creencia para juzgarnos unos a otros. Todavía necesitamos profundizar en el hecho de que cada persona es, como nosotros, un ser humano individual y único. Y que cada uno tiene que vérselas con sus problemas, sus dolores, sus carencias y sus anhelos.
 
La toma de conciencia de lo que somos unos y otros va más allá de una comprensión; implica un proceso de unión interior que comienza con empatía.
 
No todos tenemos el mismo grado de empatía, este depende de varios factores.
 
Por ejemplo del afecto —o falta de— que hemos recibido a lo largo de nuestro desarrollo, de los ejemplos que nos sirvieron de modelos, de la interacción social que hemos experimentado, de nuestro temperamento. Pero, cualquiera sea nuestro grado de empatía, siempre podemos desarrollarla más.
 
Podemos considerar la empatía desde varios enfoques. En relación con el desenvolvimiento de la conciencia distinguimos tres estados de empatía:
 
  • Simpatía: Sentir afecto por otros. También sentir lástima o alegría por lo que ocurre a otra persona
  • Adhesión emotiva: Sentir lo que otro siente
  • Apertura mental: Comprender y validar experiencias, creencias, ideas y puntos de vista de otros
La simpatía nos mueve a relacionarnos con quienes nos atraen y, en muchos casos, a alejarnos de quienes no nos resultan simpáticos o no piensan como nosotros. También nos induce a aprobar la forma de ser y lo que hacen aquellos con quienes simpatizamos, y a ignorar o criticar a quienes no nos son simpáticos.
 
La adhesión emotiva comienza como un contagio emocional. Es evidente en los niños pequeños, cuando lloran al oír o ver llorar a otros niños. También nos ocurre cuando nos emociona lo que afecta a otros; como sufrir cuando vemos sufrir a alguien, y reír cuando otros ríen.
 
Una adhesión más profunda ocurre cuando nos basta saber que otros sufren para entristecernos y empatizar con ellos. Esta adhesión emotiva despierta compasión; suele estar unida a autocompasión por lo que sentiríamos si nos ocurriera lo que padecen otros, y también con alegría por no padecerlo. Si bien podemos asociar esta adhesión con una actitud paternalista, es la base de lo que comúnmente llamamos compasión.
 
Pero sentir compasión no nos protege de no hacer sufrir a otros, incluso a quienes compadecemos.
 
Puede ocurrir que empaticemos con el sufrimiento de una persona que amamos, sin darnos cuenta de lo que sufre por lo que le decimos y la forma en que la tratamos. Podemos empatizar al acompañar a un enfermo y, en otra situación, herirlo con nuestras palabras o nuestras actitudes.
 
Lo mismo puede ocurrir cuando nos enteramos de los sufrimientos de quienes son perseguidos o segregados. En ese momento sufrimos por ellos, pero en otros podemos tener una actitud antagónica hacia ellos por sus ideas, sus creencias o su manera de vivir. Nos resulta difícil no reaccionar en forma negativa hacia lo que no condice con nuestra manera de pensar y de sentir. En vez de aplicar discernimiento para distinguir historias y contextos, nos dejamos llevar por reacciones emotivas.
 
La práctica de la oración y de los ejercicios de meditación que se encuentran en este trabajo, puede estimular el desarrollo de empatía.
 
Tener buenos pensamientos hacia otros y orar por ellos, nos ayuda a vincularnos interiormente con esas personas, y también con quienes no conocemos directamente, como cuando oramos por el bien de quienes sufren en el mundo.
 
Los ejercicios de meditación nos ayudan a trabajar sobre nuestros hábitos y maneras de pensar para estimularnos a actuar con ecuanimidad, ampliar nuestra mente y generar en nosotros estados de empatía.
 
Tener empatía afectiva no implica que comprendamos la perspectiva con que otra persona considera las cosas. La apertura mental ocurre cuando nos ponemos realmente en la mente y el lugar de otros. Esto nos exige dejar de lado nuestra historia, nuestras creencias, nuestra cultura y puntos de vista para poder comprender las cosas desde la historia, la cultura y la situación de otros.
 
En general, nos resulta más fácil reconocer la perspectiva de quienes han tenido experiencias similares a las nuestras. Tener esto en cuenta nos ayuda a comprender los puntos de vista de quienes han tenido experiencias diferentes de las nuestras.
 
Por otra parte, no confundamos apertura mental con adoptar, sin discernir, opiniones y criterios de otros; tal cosa sería como un contagio del cual conviene precavernos.
 
Los signos habituales de amplitud mental son:
 
  • Capacidad para comprender el estado mental de otra persona
  • Capacidad para aceptar y comprender otras opiniones y creencias
Para estimular nuestra empatía podemos hacer algunas prácticas cotidianas; por ejemplo:
 
  • Perdonar
  • No acusar ni hacer críticas malsanas
  • Evitar discusiones
  • Observar lo que sienten otros y las reacciones que producimos en ellos. Evidenciar que lo hemos percibido
  • Escuchar con mente abierta opiniones y puntos de vista diferentes. Evidenciar que hemos escuchado
  • Trabajar en equipo cuando sea posible
Comencemos por la primera pauta: perdonar para que el disgusto que sentimos no se transforme en aflicción y luego en un resentimiento que amargaría nuestra vida. Esto influiría no solo en nosotros sino también en otros, ya que es común la tendencia a volcar sobre ellos lo que “no podemos perdonar”.
 
Pero podemos perdonar. Comencemos por darnos cuenta de que perdonar nos libera del dañino deseo de hacer justicia mientras nos intoxicamos nosotros mismos por lo que sentimos. Trabajemos entonces para tomar conciencia de cuánto necesitamos limpiar nuestra mente y nuestro corazón del resentimiento y el rencor. Orar por el bien de quien nos provocó aflicción es un buen comienzo para lograr perdonar.
 
Las pautas siguientes se basan en tener buena disposición hacia los demás —todos los demás— y abrirles nuestra mente y nuestro corazón, comenzando con quienes nos rodean.

En cualquier circunstancia, mantener buena disposición hacia los demás nos abre camino para no herir, no criticar, escuchar y trabajar unidos y en equipo. “Buena disposición”, entonces, puede ser un mantra que nos mantenga alertas para poder expresarla con nuestra conducta. Por ejemplo, nos repetimos: “buena disposición”, cuando nos encontramos con alguien que nos disgustó; también lo hacemos cuando pensamos en quienes creen o actúan en forma diferente de la nuestra. Esta práctica nos ayuda a empatizar con ellos.

 
Necesitamos trabajar sobre nosotros mismos para mantener vigente el desarrollo de nuestra empatía. Nos esforzamos, entonces, en percibir a las personas más allá de la afinidad que podamos sentir hacia ellas, en comprenderlas como seres humanos que, al igual que nosotros, tienen su historia, sus dolores y sus anhelos.
 
También nos ayuda a empatizar, darnos cuenta de cómo el antagonismo y el afán por prevalecer producen los males que nos causamos. En vez de tener que sufrir por tragedias que nos obligan a tomar conciencia de algo que, si bien ya conocíamos no habíamos internalizado, comprendemos los efectos que producen nuestras acciones, pensamientos y sentimientos, y cambiamos a tiempo. Esto es, trocamos oposición y rivalidad, en empatía y solidaridad.
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