Encuentro en tres tiempos

Carlos Alberto Moreno

1

La tarde está agradable. A través de la ventana puedo apreciar los destellos dorados del sol, una taza de café da calidez a mis recuerdos. La suave luz de las velas, el murmullo de las voces, el aroma en el aire, evocan en mi memoria aquellos instantes compartidos con María Estela, hace tantos años ya.

Un día cualquiera partió y no la vi más. Simplemente se fue, tal como el día se acaba y da paso a la noche. No es posible decir cuándo la conocí. En aquellos años en que recién comenzaba a tomar conciencia de mi existencia, en alguna circunstancia fortuita, en una esquina del barrio, tal vez en la entrada de la escuela. Como en esas raras amistades que nos acompañan por un gran trecho de nuestras vidas, compartimos juegos, dolores, alegrías, y la mágica transición de la juventud hacia los albores de la madurez. Fue en aquel último período que comenzaron a manifestarse con mayor fuerza nuestros desencuentros. Entonces ella solía comportarse como aquellas tardes de la Argentina en las que de pronto estalla la tormenta, arrecia con toda su fuerza y poco a poco regresa la calma. Nunca pude acostumbrarme a aquellos arrebatos ni comprenderlos en ese entonces. A pesar de todo, su partida me dejó envuelto en la nostalgia; no puedo decir dolor, porque quizás ya me sentía cansado y simplemente le di la bienvenida a la soledad.

Lo más incomprensible fue aquella vez en que me reprochó con rabia y tristeza que yo era un egoísta. No pude entender cómo era capaz de decir aquello, con todo lo que yo había hecho por ella, habiéndome esforzado por darle siempre lo mejor. De allí en adelante nuestros conflictos se hicieron más frecuentes y nuestras almas comenzaron a distanciarse.

Ahora que ha transcurrido el tiempo y puedo ver con más perspectiva, me doy cuenta que en medio de aquellas tormentas que solían envolvernos, experimentamos muchos instantes de calma y alegría que pasaron inadvertidos. Los caprichos de las emociones pueden distorsionar de tal manera la visión de las cosas y hacernos olvidar de golpe toda una trayectoria de rica experiencia a causa de un conflicto surgido de la situación más trivial o absurda. A veces he soñado con regresar al pasado, volver a encontrarme con María Estela y pronunciar una sola palabra que olvidé decir en los momentos de luz: gracias. Pero ya es tarde.

2

Miguel aún no aparece, pero estoy tranquilo, sé que llegará, como siempre lo hace. Tal vez me sorprenderá -como es su costumbre- con algún libro interesante, una palabra inesperada, un nuevo punto de vista, un poco más de claridad en esto o aquello.

Fue en este mismo café, conversando con Miguel hace ya muchos años, cuando le dije:
– ¿Cómo puede ser Estela tan injusta conmigo?
– Dices eso porque ella te considera un egoísta y crees no serlo.
– Tú sabes todo lo que he hecho por ella.
– Le has dado tu tiempo, tu dinero, muchos regalos.
– Es imposible satisfacer sus caprichos, no sé de dónde surge su inexplicable disgusto.
Miguel se detuvo y me miró en silencio, saboreó lentamente su café y luego de respirar profundo continuó:
– ¿Alguna vez te preguntaste si lo que ella decía era cierto?
– Tú sabes que le di siempre lo mejor.
– ¿Lo mejor para quién?
– Aquello que cualquier persona hubiera soñado.
– Tal vez no lo que ella quería. Quizás solo necesitaba que la escucharas, que supieras de sus sentimientos, de sus anhelos.
– Nunca protestó de que no la escuchara.
– La vida nos transmite sus mensajes de tantas maneras diferentes, pero ¿cómo estar atentos para percibirlo cuando nuestra mente no es capaz de detener su incesante discurso? Para eso hace falta renunciar.
– ¿Renunciar? ¿A qué? ¡Como si yo tuviera la culpa de sus caprichos!
– Renunciar a tu orgullo, a querer tener siempre la razón, renunciar a ser el bueno de la película, renunciar a justificarte por cuidar tu imagen; detenerte… y solo escuchar.
Sus palabras comenzaban a producir un efecto en mí, me sentí incómodo, era como si María Estela se hubiera posesionado de Miguel y desmantelara sistemáticamente mis defensas, sentí que mi rostro se alteraba producto de las emociones, pretendí parecer impasible pero mis labios se contraían sutilmente en un gesto de tristeza.
Miguel continuó:
– Pero escuchar no es tan sencillo. No se trata solo de palabras, debes percibir el tono, los gestos, captar el significado de los acontecimientos, aspirar el aroma del ambiente, los colores; escuchar es dejar entrar la realidad y abrazarla con el corazón.

Hizo una breve pausa y encendió un cigarrillo; junto con el humo que ascendía por el aire se iba diluyendo la impecable imagen que yo había formado de mí mismo y alguien comenzaba a preguntar dentro de mí quién era yo realmente, por qué actuaba como lo hacía y si alguna vez había sido capaz de comprender a los demás.

-Para escuchar con el corazón debes tener empatía- agregó Miguel.
-Empatía- repetí, como si paladeara cuidadosamente un licor por primera vez con el temor de que fuera amargo.

– Sí, empatía; ponerte en el lugar del otro. Sentir desde dónde el otro siente, intuir su mundo, sus sueños, conectarte con su dolor y también con su alegría. Solemos vivir nuestras vidas como el protagonista del show acompañado de su comparsa, un solo ser de carne rodeado de figuras de cartón, que ubicamos a nuestro antojo en el escenario; figuras de cartón, desechables, sin profundidad ni alma. ¿Alguna vez has meditado en todo el inmenso mundo que llevas dentro? Tu pasado con sus luces y sombras, tus anhelos y frustraciones, los sentimientos de soledad, la nostalgia de estar en este mundo y no saber el porqué, la incertidumbre del futuro con su miedo al fracaso o a la desaparición en la nada. Somos un universo complejo de recuerdos y sueños de futuro, un espacio sin límites por el que transitan las experiencias de la vida. ¿Has considerado, con toda la sinceridad de tu corazón, que cada una de las personas que te rodean posee dentro de sí esa misma vastedad, que experimenta su propia realidad con la misma sensación de infinito como tú lo haces, y que siente su propia existencia como el asunto de mayor importancia? Y generalmente nosotros somos para ellas las figuras de cartón desechable que acompañan por un tiempo su representación.

Contemplé a Miguel a través del humo como una imagen irreal. Su rostro se volvió pálido y lejano. Cerré los ojos y entonces se me presentó Estela como en un sueño, parecía triste y cansada, y golpeaba con su puño insistentemente a mi puerta; yo estaba a su lado vestido de clown haciendo malabarismos, todo tipo de piruetas y contando chistes; ella no me oía y seguía golpeando a la puerta. Dentro, un niño asustado se ocultaba entre los muebles y colocaba sus manos en los oídos para no escuchar. De pronto comenzó a llover. Las gotas de lluvia se confundían con las lágrimas de María. La lluvia caía también sobre mi rostro y comenzaba a borrar mi máscara de payaso, me di vuelta, miré hacia el cristal de la ventana mojada y vi a aquel niño asustado, yo era ese niño… entonces se presentó ante mis ojos un océano oscurecido por el manto de la noche, y en la lejanía se divisaba la tenue luz de una barca, extinguiéndose poco a poco hasta desaparecer definitivamente en el horizonte. Abrí los ojos y con pasmosa lentitud encendí un cigarrillo, las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro mientras el humo ascendía como queriendo exorcizar mi pena.

Allí estaba Miguel con su serenidad de siempre, mientras yo regresaba como de un sueño. En mi mente se agolparon todas aquellas personas que ahora ya no estaban conmigo, algunas que tomaron su propio camino, otras que partieron en aquel misterioso viaje del que nadie regresa jamás. Allí estaban también las palabras que no pronuncié, las gracias que no fui capaz de expresar, las estúpidas riñas del día a día producto de nimiedades, las palabras hirientes pronunciadas sin consciencia, la indiferencia del que oye pero no escucha.

Miguel me sonrió, y en esa sonrisa sentí que me decía

– “Está todo bien, no pasa nada. La vida es la vida y no puedes detenerla, cometemos aciertos y errores y nadie es dueño de la perfección; solo estamos intentando comprender, abriéndonos al alma de los demás, eso puede causar alegría, otras veces dolor…».

3

El sol casi se ha ocultado y el café comienza a estar más animado con el murmullo de las voces, el tintineo de la loza en la cocina y una suave música de fondo que poco a poco va esparciéndose en el aire. Mientras vacío la última gota de café mi mente ha quedado también vacía de recuerdos.

Mis ojos se pasean por cada detalle del lugar y todo me parece nuevo, como en aquellos días de cielo transparente luego que ha cesado la lluvia. Los muebles, los cuadros en las paredes, los blancos manteles y las velas, las lámparas, la ventana que da a la noche; todo se me aparece palpitante, como si aquellos objetos inanimados disfrutaran alegremente de la conversación con los hombres y mujeres, aquellos visitantes de paso. Soy un desconocido más en este paisaje de misterio, o un amigo potencial que se revelará en el futuro; tal vez invisible para muchos, tan sin importancia como una silla vacía en una esquina; para otros un objeto que despierta interés o curiosidad, como un libro nuevo en un escaparate. ¡Cuántas historias desconocidas reunidas en un solo lugar y en una sola noche! ¡Cuánto misterio escondido en el simple devenir de todos los días! Con algunos nos encontramos y compartimos un destino, otros pasan a nuestro lado sin que apenas nos enteremos de su existencia. Tal vez la distancia es solo apariencia y la ausencia tan solo silencio. Quizás estemos tan estrechamente ligados en este universo de múltiples formas que no es posible la existencia de uno sin la de todos los otros.

Ahora que han pasado los años ya nada me parece casual o carente de sentido. En cada instante la vida me presenta un desafío, una pregunta, una nueva oportunidad para aprender. No es que la existencia se empeñe en causarnos problemas y dolores, sino más bien es nuestra propia alma quien convoca al universo para dar respuesta a nuestras interrogantes más profundas a través de la experiencia. El arte consiste en estar alerta con todos los sentidos, como el jugador en el campo de fútbol listo a recibir un pase o a entregar el balón según lo exijan los acontecimientos. La reacción ha de ser clara y decidida, pues tal vez la oportunidad no vuelva a presentarse; si no decimos hoy lo que sentimos, tal vez mañana será tarde. La conciencia del continuo devenir y de la fragilidad de la vida nos concede el valor suficiente para no postergar y actuar ahora.

La música inunda el espacio con mayor insistencia y la conversación se ha vuelto festiva y animada. Levanto los ojos y allí está Miguel, de pie frente a mí, con su mirada serena; a su lado Andrea, su compañera y amiga entrañable; junto a ellos una mujer cuya presencia se me hace familiar y que mi mente poco a poco comienza a reconstruir desde el recuerdo. Su rostro resplandece con el mismo brillo de alegría de los objetos que nos rodean; no sé si es esta noche la que transfigura todo lo que toca o si son mis ojos los que dan luz a lo que miran.

-¿Se conocen?- dice Miguel riendo.
Sin estar seguro aún, agrego -¿María Estela?
Nos saludamos. Sí, es real, y está aquí presente, integrando con nosotros una nueva conjunción de acontecimientos en este universo.
-¿Nos sentamos?- invita Miguel.

María Estela se sienta a mi lado, me mira y sonríe. Mi corazón también sonríe en silencio y siento el alma más liviana, como si de pronto un ave enjaulada abandonara su prisión y remontara el vuelo para perderse en la noche.

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